Lo que una historia cotidiana puede enseñarte sobre marketing y conexión con tu audiencia
Un día llegué a la oficina —una agencia de marketing en Londres en la que trabajé durante un tiempo— y vi a una compañera rodeada de un pequeño corrillo. Estaba contando algo. Como buena cotilla que soy, supe olfatear que era interesante, así que me acerqué incluso antes de ir a por el café.
Lo que nos contó aquel día fue que llevaba un tiempo cruzándose miradas con un chico en el metro. Hacían el mismo trayecto cada mañana, a la misma hora. Intercambiaban sonrisas y miraditas, ajenos al ruido y a los empujones de los demás pasajeros y, probablemente, ambos pensando: “mañana le digo algo”.
Mi compañera —a la que llamaremos Christina para mantener el anonimato— llegaba cada día con novedades sobre aquel chico: que si hoy se habían mirado durante más rato, que si estaba leyendo un libro que a ella le encanta, que si se ha cortado el pelo y está todavía más mono…
Tened en cuenta que teníamos veintipico años y, como early millennials, llevábamos grabado a fuego el amor romántico de Disney (que tantos problemas nos ha dado). Así que es posible que este relato os esté dando un poco de cringe.
Los trayectos en metro siguieron sucediéndose… hasta que un día el chico no apareció.
Tragedia.
Al día siguiente tampoco. Ni al otro.
Un día, tomando café y elucubrando sobre todos los motivos posibles por los que podría haber dejado de hacer ese trayecto (cambio de trabajo, de casa, accidente, viaje, ¿le habrá dado por ir en bici…?), nos dimos cuenta de algo: en realidad teníamos bastante información sobre él.
Sabíamos aproximadamente por dónde vivía, su edad, el género, sus gustos literarios (en aquella época todavía se leía un poco) y que trabajaba en el sur de la ciudad, en dirección a Peckham. No sabíamos exactamente dónde se bajaba, pero aun así… teníamos bastantes pistas.
Y entonces, en un momento de locura transitoria, surgió la idea.
¿Y si hacíamos una campaña de marketing para encontrarlo?
Reconozco con cierta vergüenza que nos lo planteamos seriamente. Pero, de nuevo, éramos víctimas de Disney y de un millón de romcoms, así que intentad no juzgarnos demasiado.
El plan era el siguiente: crear un anuncio de display en Google Ads, geolocalizado con toda la precisión que nos permitiera la plataforma y dirigido a hombres de entre veinticinco y treinta y dos años.
A partir de ahí, dependiendo del tamaño del público, iríamos afinando la segmentación con alguna característica adicional que nos ayudara a acotar un poco más.
El mensaje tenía que ser directo, algo que le hiciera darse por aludido:
“Ey, tú. El chico del metro que veo cada día…”
El anuncio llevaría a un formulario donde pudiera dejar su teléfono. Incluso llegamos a plantear cómo filtrar las respuestas para comprobar si realmente era él: por ejemplo, preguntándole entre qué paradas se veían.
Un delirio absoluto.
Por suerte, nos entró algo de cordura y la campaña nunca se lanzó. Y Christina terminó olvidándose de su crush del metro bastante rápido (concretamente cuando empezó a gustarle otro).
Lo interesante de toda esta historia es que, casi sin darnos cuenta, nuestras mentes obsesionadas con el marketing nos llevaron a plantear una estrategia muy parecida a la que habríamos diseñado para cualquier cliente.
Identificamos nuestro público objetivo y todo lo que sabíamos de él.
Pensamos en un mensaje que llamara su atención.
Diseñamos la forma de recoger el lead.
Y hasta imaginamos cómo convertir ese contacto en algo más.
En este caso, el branding no era necesario. La identidad de Christina estaba clara: la loca que se rodea de gente que está aún peor que ella.
Aunque, si hubieran llegado a tener una cita, probablemente sí habría entrado en juego el branding. En este símil, la forma de vestir de mi amiga, su peinado o su actitud serían parte de la expresión externa de su personalidad.
Creo que estoy llevando esta metáfora un poco lejos, así que voy a ir cerrando la historia.
Muchas veces nos quedamos atrapados en los aspectos más técnicos del marketing: qué canales funcionan, qué diseño de landing es más bonito o qué vídeo explica más cosas.
Pero si lo miramos desde una perspectiva más humana —en la que el objetivo es llegar a las personas que nos interesan con un mensaje que conecte con ellas— muchas de esas dudas técnicas empiezan a disiparse.
Porque un canal “funciona” o no dependiendo de dónde está tu público.
Y el mejor formato será aquel que transmita tu mensaje de la forma más clara.
Del mismo modo, el diseño de una landing o de un vídeo no es mejor o peor per se. Es el adecuado cuando está al servicio de la expresión de tu marca.
Al final, no lo olvidemos: somos personas. Con nuestras locuras transitorias, nuestros sueños y nuestra necesidad de conectar.
Ahora solo falta aplicar esa lógica a tu negocio: entender a quién quieres llegar, decir algo que le importe y hacerlo en el lugar donde esa persona está.
Exactamente igual que haríamos intentando encontrar al chico del metro.